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El umbral del misterio. Pasada la Noche Santa, cuando el eco de los villancicos se apaga y la cera de la candela empieza a gotear, queda la realidad física del lugar. Hoy no os traigo rostros ni paisajes, sino un detalle orográfico que podría pasar desapercibido, pero que es la llave de todo el recinto sagrado.
Un detalle que pasa desapercibido, que fue construido sin pensar, que salió solo en la teología de la construcción, en la magia de las cosas que se crean porque el hacedor las sueña..
Un escalón de piedra [que no es piedra]. No es un accidente caprichoso del terreno; es una decisión teológica inscrita en la geología. Para entrar en el Misterio, el hombre no puede simplemente "caminar"; tiene que ascender. Tiene que hacer un esfuerzo físico, levantar el pie, cambiar el ritmo. Ese escalón natural es la frontera entre la intrahistoria cotidiana (el suelo de tierra batida) y la Eternidad (el suelo de la cueva).
Decía Unamuno que "la fe es un subir doloroso" , una escalada constante. Y aquí, en la escala doméstica de Malkior, ese peldaño de roca viva nos recuerda que la adoración requiere un gesto de voluntad. No se entra a ver a Dios por inercia; se entra por decisión. Hay que salvar el desnivel que separa nuestra humanidad herida de su Divinidad recién nacida.
Este escalón está gastado, pulido por las rodillas de los pastores que ya han pasado y por la esperanza de los Reyes que están por llegar. Es el umbral donde nos quitamos las sandalias del ego para pisar tierra santa.
Y ahí yace, casi olvidada, junto a la base del peldaño… del cesto de ofrendas que algún pastor ha posado con premura, ha rodado una manzana solitaria. No es un descuido, quiere ser una catequesis. Esa fruta es la memoria del 'hombre viejo', la herencia de Adán y Eva que cae por su propio peso ante la presencia de la gracia. Al llegar a este umbral, lo antiguo no puede sostenerse. La manzana del primer pecado se desprende y rueda hacia el olvido, quedándose fuera, porque no tiene sitio ante el nuevo Adán que nos espera dentro. Es la ofrenda que se purifica a sí misma: el hombre viejo debe caer para que el hombre nuevo pueda subir.
Amigos del foro… gracias por mantener vivo esta fuente de palabras.. en estos días de "resaca" navideña, os invito a contemplar este detalle. A veces, lo más difícil de la Navidad no es llegar al portal, sino atreverse a subir ese último escalón y quedarse dentro.
El Niño espera arriba. El escalón invita. ¿Subimos?
"Para ver a Dios hay que subir: el escalón de piedra marca la frontera sagrada entre el mundo y el Misterio."
Belen_Malkior_2025_57.jpeg (478KB - 4 descargas)Querido bolos , gracias infinitas. Tus palabras me tocan especialmente porque has ido directo a la médula de lo que busco: que el Belén no sea solo una maqueta que se mira, sino una atmósfera que se respira. Si al contemplarlo habéis podido sentir esa paz que dices, entonces el corcho y el musgo, el barro y la tierra han cumplido su misión sagrada. Que esa vibración no se quede en febrero, sino que, como bien deseas, se nos quede pegada a la piel para todo el año. Un abrazo enorme... feliz y santa Navidad.
La pregunta y la respuesta. A veces, el Belén no necesita palabras, sino confrontaciones visuales. Hoy os propongo un díptico, un espejo [delante del espejo] partido en dos donde el alma se mira. Porque toda la historia de la Navidad se resume, al final, en una pregunta lanzada al vacío y una respuesta que llena el espacio.
[He aquí la pregunta]
La oveja se ha separado del rebaño que vimos cruzar el mármol. Está sola, lejos, en una peña, lejos del camino, balando hacia la nada. No es solo un animal de barro; es el símbolo de nuestra propia condición. Es lo que Miguel de Unamuno llamaba el "hombre de soledad", ese ser que grita en medio de la noche cósmica buscando un sentido, un pastor, un nombre que lo reconozca.
Su balido es la interrogación fundamental: ¿Hay alguien ahí? ¿Importo a alguien? ¿Estoy condenado a vagar sin rumbo? Es la sed que no se sacia con agua, el hambre de ser que duele en las entrañas. Esta oveja representa nuestra orfandad, nuestro extravío, nuestros intentos fallidos de encontrar el camino por nosotros mismos. Es la humanidad entera preguntándose si el universo es un lugar frío o un hogar.
Pero la pregunta no se queda en el aire… en el aire.
[He aquí la respuesta]
No es una teoría, no es un mapa, no es una ley. La respuesta es una familia. Donde la oveja veía soledad, el Misterio revela compañía. San José, firme como una roca; la Virgen, dulce como el pan; el Ángel, mirando al centro; y el Niño, siendo el centro. Esa oquedad fría de la cueva se ha llenado de calor humano y divino.
Si la oveja preguntaba "¿Hay alguien?" , el Niño responde "Yo estoy contigo" . Si la oveja temía al lobo de la noche, José responde con su vara protectora. Si la oveja buscaba un lugar donde reposar, María ofrece el pesebre.
Este contraste es el corazón de la fe. No venimos al Belén a ver figuras bonitas; venimos a ver cómo nuestra soledad es vencida por su presencia. Dios no ha venido a explicarnos el sufrimiento o el extravío; ha venido a llenarlo con su propia carne.
La oveja ya no tiene por qué balar al vacío. El pastor ha bajado. Y no ha venido a reñirla por haberse perdido, sino a cargarla sobre sus hombros.
El diálogo está completo. La soledad ha encontrado su hogar.
La vida que acontece. Pasada la conmoción de la Noche Santa, cuando nuestros ojos aún parpadean deslumbrados por la luz que salió de la cueva, el mundo de Malkior sigue girando. Y es hermoso descubrir que el milagro no paraliza la realidad, sino que la envuelve. Mientras el Verbo se hace carne, mientras los ángeles cantan y los pastores corren, la vida [la terca, dulce e imparable vida] simplemente acontece.
Así son los márgenes del Misterio, esos rincones donde la historia no se escribe con mayúsculas, sino con el susurro de lo cotidiano. Es mi forma silenciosa de agradecer que sigáis ahí, mirando, porque sin vuestros ojos, estos detalles no existirían.
Reposo la pluma y la mirada en la peña fronteriza que ya conocemos. Aquí, el tiempo tiene otra medida. Mientras Benjamín lloraba su cántaro y la mujer llenaba el suyo, este perro jugaba. Es la inocencia lúdica de la creación. El perro no sabe de teologías ni de profecías; sabe de mariposas. En su juego con lo efímero y lo lento, con la mariposa y el caracol, nos recuerda que la alegría es un deber sagrado. La vida acontece en el salto y en el juego, ajena a la gravedad del momento, recordándonos que Dios también se ha hecho niño para jugar.
Y no muy lejos, bajo la sombra de plata del olivo, el descanso se convierte en monumento. Este mastín español, con el porte regio de quien ha salido de un lienzo de Velázquez, reposa junto a su amo, el vareador. Es la lealtad hecha siesta. El trabajo ha terminado, la espalda duele menos si hay un amigo fiel a los pies. En este silencio compartido, en este respiro entre la faena y la cena, reside una paz que no necesita ángeles para ser celestial. Es la paz de la compañía, la certeza de que no estamos solos en el campo.
Y al levantar de nuevo la pluma y la vista, el cielo de Malkior no es solo para las estrellas guía; es también para el aleteo. Los pájaros trazan rutas invisibles sobre nuestras cabezas, cosiendo con su vuelo las distintas escenas. Ellos ven el conjunto: ven al Rey en la paja y al aldeano en el pozo. Su libertad es la música de fondo de este paisaje, una partitura de aire que nos dice que la creación entera celebra, a su manera, que el Creador ha bajado.
No puede faltar ese guiño a la comunidad. Una mujer equilibra el cántaro en su cabeza con la elegancia de una reina sin corona; un hombre se acoda en el brocal del pozo, quizás esperando una conversación o simplemente mirando el fondo oscuro del agua; otras mujeres se afanan en sus labores mientras las ovejas sestean.
Esta es la vida que acontece. Sin estridencias. Es la intrahistoria que tanto amaba Unamuno, ese tejido resistente de rutinas que sostiene a los imperios y a las religiones. Ellos siguen con sus tareas, lavan, cargan, charlan. No se han detenido en seco. Y eso es lo maravilloso: que la salvación ha llegado precisamente ahí, a ese pozo, a esa labor, a ese cántaro. Dios se ha hecho presente en medio de lo que sigue pasando, santificando la normalidad.
Y entre el tráfago de la aldea, un niño con una oveja en brazos. No sabemos si va hacia el portal o si viene de él. No sabemos si esa oveja es ofrenda o es amiga. Pero en su abrazo hay una profecía de ternura. Él camina, avanza, lleva su carga de vida blanda contra el pecho. Es el futuro que se abre paso entre las costumbres antiguas.
Y antes de dejar la pluma en el tintero, quiero terminar este paseo en el umbral mismo de la cueva, donde todo converge. Allí, colgado en la roca, desafiando la gravedad y el frío, hay un nido con dos golondrinas.
Están justo en la entrada, testigos de primera fila del misterio. Y al verlas, es inevitable que el alma se nos vaya a los versos de Bécquer, pero para darles la vuelta. Porque estas no son las golondrinas que se fueron para no volver; estas son las que se han quedado.
"Volverán las oscuras golondrinas / en tu balcón sus nidos a colgar..."
Aquí no hay despedida, hay permanencia. Ellas han colgado su nido en el balcón de Dios. Representan la fidelidad de la naturaleza que reconoce a su dueño y anida en su casa. Son la promesa de que, pase lo que pase, la vida siempre vuelve, siempre renace, siempre encuentra un resquicio en la roca para criar y cantar.
Mientras nosotros miramos el Belén, la vida acontece. Y gracias a que vosotros estáis ahí, mirando con el corazón, esa vida no se detiene nunca.
" Volverán las oscuras golondrinas...: la vida teje sus nidos y sus rutinas en el umbral mismo del Misterio."
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Belen_Malkior_2025_67.jpeg (380KB - 7 descargas)La belleza como resistencia. Cae la tarde sobre el último día de 2025. El calendario se agota, pero aquí, en este rincón del foro y del mundo, el tiempo parece haberse detenido en una eternidad de corcho y luz. Hoy no os traigo una escena nueva, ni un detalle escondido. Ya casi todo, está descrito. Hoy os invito a dar un paso atrás. Alejad la vista. Mirad el conjunto.
Ya me conocéis y sabéis que esto no es es una mera acumulación de figuras y materiales. No es un diorama técnico. Es una reflexión en voz alta escrita con barro. Es un manifiesto.
Durante estas semanas hemos hablado de la dignidad del sudor, del sacramento de lo roto, de la teología de la simultaneidad y de la intrahistoria unamuniana. Hemos bajado al barro de la realidad. Pero hoy, en este umbral de año nuevo, quiero reivindicar la razón última de todo este esfuerzo. Como bien nos ha recordado el flamante Nobel de Literatura de este 2025, el húngaro László Krasznahorkai: "Hay que dejar un hueco a la belleza y a la esperanza".
El Belén Malkior es ese hueco.
En un mundo exterior que a menudo se nos presenta feo, ruidoso, roto por la prisa y el cinismo, construir este paisaje es un acto de resistencia cultural. Hemos cavado una trinchera de belleza. Hemos creado un refugio donde la mirada puede descansar y donde el alma, fatigada de tanta "actualidad", puede volver a respirar la atmósfera de lo eterno.
Mirad cómo la luz baña las texturas. No es iluminación; es caricia. Mirad cómo la vegetación abraza la ruina y cómo la figura humana habita el espacio con dignidad. Todo está ordenado por una armonía superior que nos dice, a gritos silenciosos, que el caos no tiene la última palabra.
Este Belén es nuestra protesta contra la fealdad. Es nuestra forma de decir que, a pesar de los pesares, a pesar de los cántaros rotos y las rejas oxidadas, la belleza sigue siendo posible y necesaria. No es un adorno superfluo; es el aire que nos permite seguir vivos.
Y para sellar esta certeza, dejo que suene "Nimrod" . Escuchad cómo la orquesta crece desde el susurro hasta la plenitud, con la misma paciencia con la que hemos colocado cada piedra. No es una elección casual. En esa melodía noble y solemne de Elgar resuena la gratitud por lo vivido y la esperanza por lo que vendrá. La música actúa aquí como el barniz invisible que fija el recuerdo; nos eleva por encima de la anécdota y nos sitúa en esa dimensión atemporal donde la amistad, el arte y la fe se dan la mano. Es el himno perfecto para despedir un año de trabajo y recibir un año de luz.
Al cerrar este año, quiero daros las gracias por haber habitado este "hueco" conmigo. Por haber paseado por la calzada de Ozymandias, por haber bebido en la fuente y por haber temblado en la cueva. Malkior no soy yo; Malkior somos todos los que hemos decidido que merece la pena detenerse a mirar.
Que el 2026 nos encuentre, de nuevo, buscando la Luz.
"Hay que dejar un hueco a la belleza: ante el fin del año, el Belén se alza como nuestro refugio y nuestra esperanza."
***
[Feliz última noche del año MMXXV]
Malkior
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La ofrenda del cordero. [El testigo olvidado] . Arrancamos el dosmil veintiséis y, cuando la resaca de la fiesta parecían haber clausurado el mapa del Belén, la luz nueva y limpia de enero nos revela que habíamos cometido una omisión imperdonable. Habíamos pasado por alto al testigo más importante, quizás porque su humildad lo camuflaba con la piedra, o quizás porque su silencio era tan denso que se confundía con la propia cueva.
En el límite exacto donde lo profano toca lo sagrado, en ese umbral que separa la intemperie del hogar, encontramos a un pastor arrodillado. Pero no es una genuflexión cualquiera; es una postura de imposible barroquismo, una contorsión física que desafía a la anatomía y a la gravedad, como si el cuerpo no fuera suficiente para expresar lo que el alma necesita decir.
La nitidez de la lente se detiene primero en él, en el hombre de carne y hueso que tanto obsesionaba a Miguel de Unamuno. Este hombre no está posando; se está vaciando. Se ha retorcido sobre sí mismo para ofrecer lo poco y lo mucho que tiene. En su mano, un ramillete de flores silvestres, arrancadas probablemente con prisa en la cuneta del camino, un testimonio frágil de que la belleza no necesita ser exótica, solo sincera.
Y a sus pies, el caos maravilloso de la generosidad, esa barricada de vida que ha levantado frente al Niño: un saco de arpillera basta que se vence por su propio peso, una canasta de mimbre crujiente colmada de frutos de invierno que huelen a campo frío, el aleteo sordo y desconcertado de un par de gallinas ajenas a la teología, el polvo del camino acumulado en los pliegues de la ropa, la tensión de los tendones que duelen, el barro seco en las sandalias, el vaho de la respiración contenida, el frío en las manos y el incendio en el pecho...
En esta primera noche del año, resuena aquí la voz de mi paisano, el inmenso Miguel Fernández . No hay mejor liturgia para hoy que su "Salmo de Año Nuevo" de aquel Credo de libertad (pp. 67-29) . Al igual que el poeta pedía ser " moneda de tu reino" y " palabra de tu boca" , este pastor se ofrece entero. Su ofrenda no son las gallinas ni el saco; su ofrenda es su propia libertad puesta a los pies del misterio. Está recitando con el cuerpo ese credo: creer en la libertad de entregarse.
Pero lo que hiela la sangre y calienta el alma al mismo tiempo es lo que yace atado junto a sus rodillas.
Un cordero. No es una oveja más del rebaño libre que vimos beber en la fuente. Tiene las cuatro patas atadas. Es un cordero de sacrificio. Es la víctima pura. Es el cordero de Abraham subiendo al monte Moria con la leña a cuestas, es la sangre pintada en las jambas de las puertas de Egipto en la noche de la Pascua, es el siervo doliente que calla. Este pastor, en una intuición mística que supera cualquier tratado escrito, ha traído a la cueva el espejo del Niño. Ha traído la profecía atada de pies y manos.
Y ahora, la óptica cambia y el sentido se completa. El foco se desplaza, dejando borrosa la ofrenda humana para centrarse en el recipiente divino.
Al fondo, el Niño. La paradoja estalla en un silencio ensordecedor: el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo está ahí, recién nacido, mirándose en el cordero atado que le han traído de regalo. La inocencia animal frente a la inocencia divina. El pastor ha puesto a los pies de Jesús su propio destino y el destino del Universo.
Es una escena que encoge el corazón y obliga a tragar saliva. En este diálogo técnico de enfoques y desenfoques, entendemos que la Navidad no es solo la dulzura de la paja y el canto del ángel; es también la aceptación del misterio de la entrega total. El cordero está atado para que nosotros podamos ser desatados. El Niño ha nacido para asumir esas ligaduras y romperlas desde dentro.
En este umbral, la alegría del Belén Malkior pierde su ingenuidad para volverse grave, profunda, adulta. No es la alegría superficial del cascabel, sino la alegría honda, casi dolorosa, de quien sabe que la vida va en serio.
Este pastor olvidado, con su postura forzada y su regalo terrible y hermoso, es quizás el más lúcido de todos los habitantes de este paisaje. Ha entendido, con la sabiduría del campo y la luz de la poesía de Miguel Fernández, que a Dios no se le compran favores; a Dios se le ofrece la propia vida, con sus flores silvestres y sus ataduras, con todo lo que somos, con lo que tenemos y, sobre todo, con lo que nos falta.
Quedémonos aquí, en esta tarde del primer día del año, aprendiendo de su rodilla en tierra. Porque no hay mayor dignidad en el cosmos que la de reconocerse pequeño ante lo Inmenso, ni mayor libertad que la de atarse voluntariamente al Amor.
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"He aquí el Cordero de Dios: en el umbral, la ofrenda y el destino se miran a los ojos."
Malkior, el primer día del año del Señor de dos mil veintiséis
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Belen_Malkior_2025_78.jpeg (417KB - 5 descargas)La morriña del ángulo inverso. [Puedes acompañarte de está música - Gymnopédie No.1 ] El año nuevo ha estrenado ya sus primeros compases, y en el Belén Malkior se respira una calma densa, casi líquida. Hoy no quiero llevaros al centro del escenario, sino a la orilla. Quiero que miremos desde la esquina derecha, desde ese ángulo muerto donde se esconden los secretos y donde la "morriña" [esa tristeza dulce de lo que se ama y se teme perder] se hace fuerte.
Hoy, el protagonista no es el hombre, ni Dios. Es el árbol.
Observad cómo la vegetación se convierte en una celosía natural. El árbol no es un decorado; es un velo. Sus ramas, su tronco retorcido, sus hojas que fingen una primavera, la corteza rugosa, el musgo que trepa, la sombra que proyecta, el silencio que guarda, la resina invisible, el polvo de los días, la luz que se filtra a trazos, el aire quieto que se remansa entre la fronda... todo ese caos vegetal está ahí para proteger el misterio.
Y sin embargo, si agudizamos la vista a través de este entramado botánico, el corazón da un vuelco.
Allá al fondo, desenfocada por la distancia y la hoja, se intuye una majestad que se acerca. ¿Lo veis? Es un destello rojo sangre y un destello azul. No están; se vislumbran. Se adivinan tras la espesura como una promesa que llega de Oriente. Están ahí, agazapados en la retina del paisaje, esperando su turno, cuchicheando quizás con la brisa, preparando la reverencia, ajustándose las coronas, sacudiéndose el polvo del desierto, midiendo la distancia, conteniendo la emoción… Es la magia de lo que está por llegar pero aún no invade. Estamos en la víspera perpetua.
Pero bajad la vista. El árbol también cobija otra realidad, mucho más terrestre.
Mirad esta perspectiva inédita de Benjamín. Lo vemos de espaldas, vulnerable, con los hombros cargados de su pequeña tragedia. Pero lo que conmueve es la vida animal que lo rodea, esa enumeración de instintos que no cesa: la lana sucia de la oveja, la pezuña hendida, el hocico húmedo que urga en el cántaro roto buscando un resto de humedad o de grano, la curiosidad de la otra oveja que levanta la cabeza y mira al niño, el balido mudo, el olor a rebaño, la tierra pisada, la inocencia que come, la inocencia que llora, el ciclo de la vida que se alimenta de las grietas...
Desde este ángulo inverso, la escena pierde dramatismo para ganar intimidad. Vemos lo que nadie ve. Vemos la nuca del dolor y el apetito de la vida. Las ovejas no saben de Reyes Magos ni de estrellas; saben de hambre y de compañía. Y ahí, mientras una busca sustento en la ruina del cántaro, la otra ofrece su mirada al niño, tejiendo esa red invisible de consuelos menores que sostienen el mundo.
Quedémonos un rato aquí, escondidos tras el árbol, con esta morriña de enero. Disfrutando de este momento suspendido donde los Reyes son solo una mancha de color tras las ramas y el dolor es solo un niño de espaldas acompañado por su rebaño.
El aire huele a incienso lejano, pero aquí, bajo el árbol, todavía huele a tierra mojada. Y qué bien huele.
"Entre la espesura y la memoria: el árbol guarda el secreto de los Reyes que llegan, mientras la vida sigue paciendo en las ruinas."
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La memoria de los otros. Homenaje a la herencia. Hoy quiero que miréis conmigo esta imagen no con los ojos de 2026, sino con la mirada sepia de la memoria. Lo que tenéis delante es una panorámica del Belén Malkior, sí, pero filtrada por el tiempo, revelada con la pátina de los recuerdos que nos sostienen.
Porque este Belén no es solo mío. En realidad, casi nada de lo que hay aquí me pertenece del todo.
Las figuras que habitan este paisaje [esos pastores de Ortigas, algunas de las ovejas que parecen balar en silencio] no nacieron ayer, ni en el recorrido que dista de 2019 hasta hoy.. Tienen más años que muchos de nosotros. Son supervivientes de barro cocido que han viajado a través de las décadas para llegar a este puerto. Y al mirarlas hoy, con este filtro de fotografía antigua, no puedo dejar de pensar en las manos que las tocaron primero.
Pienso en ese padre de familia, con el abrigo raído y la bufanda apretada, contando las pesetas en el mostrador de una tienda de ultramarinos o de una ferretería de barrio, haciendo cálculos imposibles para llevarse a casa "el pastor de la ofrenda" o "el pastor de la oveja". Pienso en la ilusión eléctrica de un niño de posguerra que desenvolvía el papel de periódico para descubrir, con ojos como platos, que ese año el Belén tenía un habitante nuevo.
Estas figuras traen consigo una carga invisible pero real: el eco de villancicos cantados junto a braseros de picón, el olor a musgo recogido en el monte bajo la lluvia, la purpurina de las estrellas de cartón, el corcho quemado, la harina haciendo de nieve, las risas de abuelos que ya no están, las cartas a los Reyes escritas con caligrafía temblorosa, el tintineo de las botellas de anís, la fe sencilla que no necesitaba explicaciones, el frío en los cristales, la mesa camilla, la radio sonando de fondo...
Cada una de estas piezas ha vivido en un hogar distinto, en un punto diferente de la geografía de España. Han sido testigos mudos de alegrías y duelos ajenos. Han formado parte de otros Belenes, montados con el mismo cariño y esfuerzo que el nuestro, por familias cuyos nombres ignoramos pero cuya herencia custodiamos.
Al integrarlas hoy en el paisaje de Malkior, no estamos solo decorando; estamos haciendo memoria. Estamos acogiendo la historia de esos desconocidos. Sus figuras son ahora nuestras, pero su alma sigue siendo compartida. Ellas son el hilo conductor que une nuestra Navidad tecnológica y acelerada con aquella otra Navidad lenta y esencial.
Este Belén es, en el fondo, un acto de gratitud hacia ellos. Hacia esos padres y abuelos que, con un puñado de pesetas y mucha fe, compraron belleza para sus hijos y, sin saberlo, la guardaron para nosotros.
Somos custodios de una tradición que nos precede y nos sobrevivirá. Y al mirar esta foto, que parece sacada de un álbum familiar olvidado, siento que todos ellos [los que las compraron, los que las cuidaron y los que las soñaron] están hoy aquí, asomados a la barandilla del foro, sonriendo al ver que sus figuras siguen caminando hacia el portal.
"Todo lo que pasa, pasa para quedar: custodiamos la memoria de barro de quienes nos enseñaron a amar el Belén."
Belen_Malkior_2025_84.jpeg (723KB - 2 descargas)La retaguardia de la gracia. La mirada absorta. [***O Euchari in leta via***] Creíamos que el Misterio era una escena frontal, un retablo estático diseñado para ser visto solo desde la comodidad del espectador. Pero ya sabéis desde 2020 que el Belén Malkior es un organismo vivo que respira por los cuatro costados [y un espejo], y esta noche, la arquitectura se abre para revelarnos que la gracia también tiene una retaguardia.
Hay quien llega a Dios por la puerta grande, con la dignidad de los Reyes o la prisa oficial de los pastores [varones]. Pero hay quien llega por detrás, por el hueco que deja la historia, por la grieta del espejo. Y aquí os presento a la intrusa del silencio.
Ocurre a espaldas de San José y la Virgen. Mientras la Sagrada Familia [desenfocada en primer plano, como un sueño que ya es real] atiende a la adoración pública, aquí detrás, en la intimidad de la roca trasera, ha caído de rodillas una mujer.
Es la segunda mujer que pisa este suelo santo. Si María es el trono, esta pastora es la vida que se desborda. Viene probablemente de la escena de la Anunciación; sus ropas aún traen el viento del ángel y sus pulmones el jadeo de la carrera. Ha atravesado el campo a oscuras, cruzando la frontera invisible que separa el miedo del hallazgo, para colarse hasta la cocina del Misterio.
Trae en los brazos una ofrenda que es puro ruido y pluma: dos gallinas asustadas y un ganso que estira el cuello. Es esa enumeración caótica de la vida que irrumpe en lo sagrado: el cacareo contenido, el olor a corral, el aleteo nervioso, la pluma que se escapa, el calor animal contra el pecho, la sangre que late bajo la piel de las aves, el barro en las rodillas, el pañuelo deshecho, la respiración entrecortada, la ofrenda que pesa, la ofrenda que se mueve, la ofrenda que está viva...
Pero olvido las gallinas un momento. Miro su rostro. Está arrodillada delante del Misterio, sí, pero sus ojos no se clavan en el Niño. Su mirada, absorta y líquida, se alza hacia el cielo, o quizás hacia el techo de la cueva que ya no ve como piedra, sino como bóveda celeste.
Aquí es donde Miguel de Unamuno se sentaría a su lado en silencio. Don Miguel, que buscaba a Dios "con el corazón y no con la cabeza" , entendería perfectamente este gesto. Esta mujer no está "viendo" el hecho físico del nacimiento; está "sintiendo" la verdad teológica. Su mirada perdida no es distracción; es éxtasis. Es la mirada del que ha visto algo tan grande que los ojos físicos se le quedan pequeños y tiene que mirar hacia adentro, o hacia arriba, para que le quepa en el alma.
Es la mujer que adora desde la sombra. Nadie la ve. José y María están de espaldas a ella. Los Reyes ni saben que existe. Ella representa a esa inmensa multitud de creyentes anónimos que sostienen la fe desde la retaguardia, sin salir en la foto, cargando con sus "gallinas" y sus problemas cotidianos, arrodillándose en el rincón más oscuro de la iglesia porque saben que Dios también mira hacia atrás.
La composición se cierra con una belleza sobrecogedora. El Misterio está rodeado. Por delante, la adoración solemne; por detrás, la vida doméstica y trémula de esta mujer. La cueva ya no tiene muros que la encierren; se ha convertido en un lugar de paso y de estancia.
Ella está ahí, quieta, con su ganso y sus gallinas, validando que el Belén no es solo para los protagonistas. Es, sobre todo, para los que llegan tarde, para los que entran por la puerta de atrás y para los que, cuando tienen a Dios delante, se quedan tan absortos que solo pueden mirar al Cielo para dar gracias.
“Mirar lo invisible: en la retaguardia del portal, la vida se arrodilla y la mirada trasciende la piedra."
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Belen_Malkior_2025_87.jpeg (353KB - 1 descargas)La liturgia de lo doméstico. [*** Wiegenlied - J. Brahms ***] Pasada la tormenta gloriosa de la adoración de los más humildes de Belén, cuando los pastores han regresado a sus rebaños con el corazón encendido y el eco de los ángeles se ha disuelto definitivamente en el frío de la noche, queda lo que verdaderamente importa. Queda la realidad desnuda, silenciosa y densa. Queda la familia.
Hoy nos adentramos en la intimidad de la gruta, pero no con la prisa de los turistas que buscan el espectáculo, sino con el respeto de quien entra de puntillas en una casa habitada donde la vida, frágil y poderosa, acaba de estallar.
El escenario no ha cambiado radicalmente de registro, la mirada si. Ya no es el teatro del milagro público ni la escenografía del asombro; es el refugio de la vida privada. La luz, cálida, dorada y dirigida con precisión, recorta las sombras para mostrarnos una verdad fundamental: Dios no ha nacido en un vacío abstracto ni en una nube etérea, sino en un lugar lleno de cosas, de materia, de peso.
Un techo irregular, en las paredes de roca viva, en el suelo de tierra pisada. Es esa enumeración caótica de la supervivencia que convierte el decorado en un hogar verdadero y creíble: los quesos regalados que cuelgan pesados del techo con las pocas provisiones que quedan del viaje, la jaula de madera tosca [la de los dos pichones que serán llevados al Templo, como marca la Ley de Moisés] que hablan de un entorno rural vivo y sonoro, las herramientas de carpintería que José no olvida ni en el viaje ni en la huida porque son su forma de rezar con las manos, las vasijas de barro poroso con agua y aceite, los paños secándose al calor de la bestia, el polvo en suspensión que danza en el haz de luz, la gallina que picotea una miga olvidada ajena al misterio, el olor penetrante a paja removida, la penumbra acogedora de las esquinas, la textura rugosa de la roca que abriga...
Es la "intrahistoria" de Miguel de Unamuno hecha bodegón sagrado. Don Miguel nos decía incansablemente que Dios se revela en lo pequeño, en lo cotidiano, en la "sustancia" de la realidad tangible. Y aquí, entre cacharros, sombras y animales, la Divinidad se ha hecho doméstica, accesible, respirable.
Pero el eje gravitatorio de esta calma tensa, el pilar que sostiene el techo invisible de la escena, es él: José.
Esta figura de Ortigas es un tratado de paternidad. No está de pie con pose estatuaria, ni tampoco relajado en el descanso. Está sentado, sí, pero su cuerpo se inclina hacia adelante en una alerta sísmica. Su mano derecha aferra la vara no como un cetro de poder vacío, sino como un arma defensiva o un punto de apoyo firme para levantarse rápido si hiciera falta. Lleva en el rostro barbado y en las facciones marcadas la fatiga de los siglos, pero también la serenidad inquebrantable del hombre justo.
Su mirada no busca la nuestra, no busca el aplauso; busca a María y, sobre todo, al Niño. Es la mirada del padre que no duerme para que el hijo descanse. En su ropa de colores ocres y verdosos [colores de tierra, de musgo, de trabajo manual y de esperanza discreta] leemos la humildad radical de quien ha aceptado un guión que le viene grande, pero que interpreta con una fidelidad conmovedora. No hay gloria en él, solo compromiso. Es el guardián silencioso, el centinela del Amor.
Y a su lado, cerrando el círculo de afecto, la Virgen. Su postura es la respuesta femenina al misterio. Está sentada, ligeramente inclinada hacia adelante, con el torso curvado suavemente, creando una línea directa y física de amor hacia el pesebre.
Sus manos. Una descansa suavemente, sin rigidez, conectada a la tierra; la otra se posa sobre el pecho en ese gesto tradicional de aceptación profunda, de quien "guarda todas estas cosas en su corazón" , meditándolas. No toca al Niño en este instante; lo adora. Lo deja ser. Su rostro sereno y dulce, con la cabeza ladeada y los ojos bajos, no transmite exaltación ni triunfo, sino una ternura contemplativa. Viste el rojo de la maternidad humana y el azul de la pureza celeste, y esa corona de estrellas que la ciñe nos recuerda que, bajo la mujer cansada del parto, habita la Reina del Cielo. Es la mezcla perfecta de cercanía humana y misterio divino.
Y siguiendo la diagonal invisible de las miradas, llegamos al centro absoluto, al Imán de la historia. El Niño no está en brazos de nadie, retenido por el afecto. El Niño es de todos. Está recostado sobre la paja dura y texturizada, desnudo, expuesto a la intemperie del mundo. No es un bebé dormido ni pasivo; está despierto, vivo, presente, con una consciencia que traspasa la materia.
Su cuerpo presenta una torsión natural, llena de movimiento y vida. Y fijos en sus brazos: uno se repliega sobre el pecho y el otro se alza abierto, con la mano extendida. No es solo un gesto infantil; es el gesto teológico de la entrega total. En esa desnudez valiente y en esa apertura ya se prefigura todo su destino. Es la vulnerabilidad absoluta. Es Dios diciendo: "Aquí estoy, sin defensas, para que me améis o me hiráis". La luz incide sobre sus volúmenes carnosos, convirtiéndolo en la única lámpara necesaria de esta cueva oscura. El pan y la vela cercanos nos susurran ya, proféticamente, que Él será Alimento y Luz de las gentes.
La composición se cierra con un detalle de lirismo supremo: María, o quizás el propio entorno representado en ese escudo con la estrella, parece tender un puente de luz y guía hacia Él. Todo converge en la fragilidad de ese cuerpo pequeño.
Este rincón del Belén Malkior es la prueba definitiva de que la santidad no consiste en hacer cosas extraordinarias ni en vivir fuera del mundo, sino en llenar de amor lo ordinario. José vigilando el sueño, María contemplando el misterio y el Niño existiendo entre herramientas, bolsas viejas y paja. Es la imagen más potente de la fe adulta.
Me quedo un rato largo aquí, en silencio, sin despertar al misterio, aprendiendo que la mayor aventura de la historia está ocurriendo ahora mismo, en voz baja, entre cuatro paredes de roca y un puñado de paja.
"El Verbo se hizo carne y habitó (y vivió) entre nosotros: en la quietud vigilante del hogar, la esperanza del mundo tiene nombre y piel."
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