La flauta en que tocaba el negro Pis también era de carrizo como la zampoña del dios Pan. Sólo que en ésta las notas era tristes por las notas de Siringa y en la de Pis surgían sonoras como rumores de cascada. Con Cocuyo a la tambora y Juanico al corrosco, ese sosiego aldeano de la villa se transformaba en alegría.
En la algarabía sencilla que huele a ropa limpia y a esas cosas de la tierra como albahaca, romero y flores de arrayán. Con Severiano de santero portando la urna en que cargaba al Niño Dios, iba la pelleja de cantarrana a los limones, de las olas a las playas y de la planeta al empedrado. (nombres de las calles de mi pueblo). Todo era risa, fiesta y regocijo. Por las talanqueras ó por los tapiales, se asomaban las resedas para prendérsele del pelo a las mulatas ó escurrirse en ramitos por sus senos. Unas mulatas bellas gráciles, cimbreantes, qué no olían a farmacia porque ellas se restregaban sus carnes solamente con manojillos de yerbabuena y estoraque.
Tres veces al día tocaba el mono Agobardo las campanas. En el Alba, a medio día y ya entrada la tarde después de dar el Ángelus. Había una campana pipona y grandotota a la que llamaba la mayor. De las otras yo no recuerdo el nombre. Había otra mediana, dos más pequeñas y cuatro chiquitinas a las que apellidaba campaniles. Nunca he llegado a poderme explicar cómo podía multiplicarse para hacerlas cantar esa forma de conjunto coral en que lo hacía. Era una especie de carrillón celeste de voces diáfanas y sonoras que se metían al alma y hacían bulla por dentro, y después se salían para alborotar los azulejos, los toches, los titiribíes y hasta aquellas bandadas de palomas que criaba la Palacio en el solar de nor Gallardo. Nunca, nunca, nunca, volveremos a oír un campanero semejante. El decía que las campanas tenían alma porqué ellas se guardaban la de aquél qué las fundía. Y que cuando fundieron la mayor le había mezclado al hierro, patacones de los buenos, y joyas en candongas, en torzuelos y anillos, para que siempre tuviesen la voz clara y no se fuesen a enronquecer.
Cuando llegaba el veinticuatro ó el día del nacimiento, ese cantar de las campanas era como de gloria. Primero hacía los campaniles con pequeños balbuceos, suaves, débiles, casi imperceptibles, para irlos transformando lentamente con la ayuda de aquella campana mayor en una amplia cascada de voces luminosas. Era un especie de crescendo casi inverosímil.
Iba a nacer el Niño del pesebre. El que fue ungido con la fragancia bucólica del heno que se hallaba escondida en el pienso del buey y la borrica. En la Plaza mayor, pitos, sacaniguas, luces de bengala y la vacaloca de Patricio. Entre el tumulto, el enervante olor de pachulí en el corpiño de las negras. Al filo de las doce el último repique para misa de gallo. Después, al día siguiente, la opípara comida familiar del medio día, con todas esas golosinas que traían de la península. Pasas de Málaga,, vinos de Jerez, turrones de Alicante, nueces de Gijón, viandas y frutos de la tierra. Tortas de coco y de pastores, choclo tierno en masas fritas ó en envueltos. Manjarblanco granado en azúcar de pan, confituras de calabaza y de grosellas, higuillos, papayuelas y naranjas calados en almíbar, carantantas de chiquichoque azucaradas. Para los niños, pitos, maromeros de palo ó caramelos de panela. Todo frugal, austero, diáfano, sin alardes repugnantes. Todavía no había incumpido la vulgar avalancha de plásticos que corrompió el espíritu del niño y arruinó nuestra bella artesanía. Nada de este grosero intercambio de regalos con chécheres inútiles. Nuestro sentido humano era un tesoro. eramos pobres y vivíamos como pobres. Pero todo era bello, sencillo y fascinante...