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Nuestras Obras -> Nuestros belenes
**** ---> Belén Malkior - 2025

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Jerez de la Frontera

Queridos amigos del Foro, con esta entrega alcanzamos el término definitivo de un viaje que comenzó bajo las primeras vísperas del Adviento y que hoy despliega su último folio. Cerramos aquí la bitácora del Belén Malkior 2025, un espacio de reflexión ensayística, arte e intrahistoria que ha cobrado sentido pleno gracias a la mirada fiel de quienes habéis recorrido cada entrada. Este epílogo no es solo la clausura de una escenografía de corcho, barro y luz, sino el testimonio de una experiencia compartida que hoy firma su última página antes de entregarse al reposo.

***

El epílogo ontológico: la firma del demiurgo. Todo ciclo fenoménico que se abre bajo la luz del Adviento lleva inscrita, en su misma genética, la imperiosa necesidad de una clausura que no sea naufragio, sino plenitud redimida. Si aquel veintinueve de noviembre formulábamos un prolegómeno donde la vitrina se presentaba como el umbral de un palimpsesto biografemático por desvelar, hoy nos hallamos en el término absoluto del kairós. El tiempo litúrgico y el tiempo narrativo han completado su órbita. Aquella antinomia primordial entre la técnica y la verdad material —entre el estaño de la soldadura, la frialdad de la silicona y el aliento orgánico del bornizo jerezano— se ha resuelto en una síntesis definitiva donde la materia, tras haber sido altar, vereda y santuario, regresa a la paz de su principio.

Ha sido un itinerario denso, un viaje de meses donde la exégesis visual pretendió desafiar la abstracción mediante la concreción sagrada de lo cotidiano. Desde el instante en que la primera figura fue dispuesta en la topografía de corcho hasta la sobrecogedora poética del vacío que dejó el escenario desamueblado de hombres, el Belén Malkior 2025 ha buscado erigirse en un vehículo hermenéutico. No se trataba de una ingenua reproducción mímica del pasado, sino de la edificación de una micro-realidad capaz de convocar la Trascendencia en la contingencia de nuestra propia existencia. La arquitectura del paisaje, la estratigrafía del silencio, la tramoya sutil que garantizaba la iluminación eidética y el abajamiento teológico del Misterio no fueron más que estaciones de un mismo proceso de contemplación activa.

Sin embargo, tras el clamor del montaje y el posterior reposo de la escenografía desierta, queda una última pregunta que exige ser respondida antes de que el sello de la vitrina se fije definitivamente: ¿quién habita en verdad el Belén? ¿Quién es el verdadero actante de este cosmos en miniatura?

Para responder a ello es preciso detener la mirada en una presencia humilde, casi marginal, asentada en el repliegue más íntimo de la cueva, al abrigo del alcornoque. Allí, en la penumbra tibia de la paja, permanece un muchacho de túnica azul destrozada en el hombro, descalzo, sentado sobre un bloque de piedra. Sostiene en sus manos un mendrugo de pan y observa con una ternura serena y silente a dos perros que le flanquean. Uno es de pelaje claro y enjuto; el otro, un pequeño sabueso oscuro que alza la mirada con una devoción absoluta, casi litúrgica. Esta figura, que la tradición belenística bautizó bajo el nombre de Malek, parece exenta del gran drama de la historia sagrada. No camina hacia Belén con los magnates de Oriente, no porta las ofrendas ricas de los pastores acomodados, ni entona los cánticos de la milicia celestial. Malek no va a ningún sitio porque ya ha llegado; simplemente está, alimentando la fidelidad de quienes no le abandonan.

Es en esta figura diminuta donde el espejismo revela su última y más profunda transfiguración. Quien durante meses ha firmado cada entrega bajo el pseudónimo demiúrgico de Malkior, quien ha modelado la montaña, trazado la valla de hierro, trenzado los racimos de la viña y tendido la red eléctrica subterránea, no se encuentra en la majestad de los Reyes ni en la dignidad augusta de la profecía. El verdadero creador de esta micro-historia se reconoce en la fragilidad de Malek. Malkior es Malek. Hay un juego de espejos, un anagrama existencial en ese nombre que muta de la autoridad del sabio a la humilde pobreza del muchacho de la cueva. El hacedor del belén no contempla su obra desde la distancia soberbia del espectador externo, sino que se introduce en las entrañas de su propio micro-cosmos, vistiendo la túnica humilde del que comparte el pan en la soledad del bornizo.

Y en esa escena mínima de Malek se cifra también el sentido último de esta comunidad que ha sostenido el proyecto a lo largo del tiempo. Los perros que velan los pies del muchacho, erguidos en una actitud de contemplación incondicional, no son una mera anécdota plástica. Son el símbolo encarnado de la fidelidad. Representan la mirada perseverante y silenciosa de los miles de visitantes —más de cinco mil almas que han atravesado el umbral digital de estas entradas— que, como esos animales fieles, se han acercado día a día a velar el Misterio, a acompañar el proceso artesanal y a buscar un destello de la Luz entre las grietas del corcho. La fidelidad de la recepción es el espejo donde la creación cobra su verdadera dimensión humana y comunitaria. Sin esa mirada atenta, el Belén hubiera sido solo una estructura inerte; con ella, se ha convertido en una vivencia compartida, un templo de memoria colectiva.

Al final de todo ensayo, cuando la teoría se repliega y el análisis agota sus categorías, lo único que prevalece es la impronta de la mano que trazó el surco. El Belén Malkior 2025 concluye no con un dogma, sino con un trazo. La firma de Miguel Ángel, estampada con la densidad del óleo sobre la textura rugosa del lienzo, no es un acto de vanidad autoral, sino el testimonio de una encarnación. Es el punto de flexión donde el demiurgo firma su tratado de paz con la materia. Miguel Ángel, Malkior, Malek: tres nombres para una sola obsesión creativa que ha buscado redimir el tiempo mediante el arte del barro y la luz.

El ciclo se cierra. La caja de todas las cosas reclamará los tablones, las bombillas y la arena; las figuras descansarán en la noche oscura de sus vitrinas, pero el espacio del alma donde el Belén fue erigido permanece inalterable. Dios ha vuelto a habitar la contingencia de lo tangible, la fidelidad ha sido renovada y la promesa de la Luz sigue intacta, esperando el kairós del próximo Adviento.

«Miguel Ángel en la arcilla de lo cotidiano, Malek en la penumbra de la cueva y Malkior en la vigilia del coleccionista; la mano que moldea el bornizo y el muchacho que comparte el pan con la fidelidad de las sombras. Cuando la firma se estampa y el escenario calla, comprendo que no he construido un belén para detener el tiempo, sino para recordar que, en la humildad de lo efímero, la Belleza nunca nos deja solos.»

***

La materia se repliega y el taller se recogieron en un necesario silencio de vísperas. Las herramientas reposan, la arena duerme en su saco y las figuras aguardan en la penumbra de sus vitrinas la llegada del próximo kairós . Pero la creación no se extingue, solo toma aliento. Nos emplazamos a las puertas del próximo noviembre, cuando los días vuelvan a acortarse y el calendario nos convoque de nuevo a la mística del montaje. Allí, cuando la materia vuelva a desafiar al vacío, nos reencontraremos para dar la bienvenida al Belén Malkior 2026 . Hasta entonces, la luz permanece en la memoria.

 

 

A inigomena, Oriente, Tunito, VJM y yiyi les gusta esto.
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